Diana y su Brough Superior SS100

Diana y su Brough Superior SS 100 de 1937

Diana y su Brough Superior SS100. Motos

La Amazona

Es curioso, siempre que evoco a Enid Diana Elizabeth Rigg (Doncaster 1938), la contemplo bajando de un coche… Lo hacía de un Lotus Elan azul metalizado, la primera vez que la vi. De un Mercury Cougar rojo, la segunda. Una, como la eterna e inolvidable Emma Peel; otra, como la indómita Tracy di Vicenzo

Para muchos supone una frivolidad estúpida en una carrera dramática seria; recoger el desafío de sustituir a la mítica Cathy Gale en “Los vengadores”. A Diana la serie la consagra internacionalmente convirtiéndola, además, en icono pop de los `60…
Aburrida de ser imagen del “Swinging London”, ninguneada económicamente por los directivos de la ABC, pero, con el éxito de la televisión: a todos les parece un suicidio profesional; aceptar el reto de defender un producto de la saga Bond abocado —averigüen y sabrán por qué— al fracaso. Desde entonces —véanla y lo entenderán— Diana sigue siendo considerada una de las más fascinantes e inusuales —si se la puede considerar así— “chicas Bond”…
Nadie entiende que con reconocimiento mundial y estabilidad económica, abandone el cine y la televisión para volver al teatro. Pero Diana regresa, a su

verdadera pasión: Londres y Nueva York la consagran, según la crítica, como una de las actrices dramáticas más grandes de Inglaterra.
Y hoy; la que fuera directiva y cofundadora de la “United British Artist”, catedrática y rectora honorífica en universidades de renombre; ensayista, liberal y polemista… No necesitó prueba al papel de Olenna Tyrell en “Juego de tronos”; la directora de casting hizo observar a los productores de la serie que «alguien así no hace una audición para ti. Tú haces la audición para ella».

Diana conserva la mirada de siempre: conmigo nada parece ser del todo en serio, ni siquiera yo misma. La centella irónica: antídoto necesario contra la estupidez y la solemnidad banal.
Diana precisa del error como analgésico al aburrimiento y nunca se tomó demasiado en serio. Tampoco el dogma imperante de permanecer eternamente joven y aun así, la edad, no puede con ella. Pero, para cuando llegue ese momento, tiene ordenado a su hija ponerla en un asilo de actores, que eligió especialmente… Por tener un bar… «Si te tomas en serio a ti mismo conforme envejeces, eres patético».

Diana Rigg y su Brough Superior SS100. Retrato

La Máquina

«Boa y yo tomamos la carretera de Newark a última hora del día. Anda a 45, pero cuando ruge al máximo, sobrepasa las 100. Una motocicleta asustadiza, con un toque de sangre, es mejor que todos los animales para montar sobre la tierra».
Así se expresaba Thomas Edward Lawrence —o si lo prefieren Lawrence de Arabia— cuando se refería a su Brough Superior. Poseía 7 modelos de la marca y había encargado un octavo. Nunca llegaría a recibirlo; la muerte, que tantas veces aleteó sobre su vida en el desierto, vino a buscarlo a la campiña inglesa un día de mayo de 1935 a bordo de su “Boa”.

Al hombre lo acaban sus pasiones y Lawrence, por encima de otras, poseía dos; el desierto y la moto: una tenía que ganar. El arranque de la maravillosa película de David Lean deja constancia de este final. Véanla.
Y si al hombre no lo acaban sus pasiones, al menos, estas, lo empujan. La que empujaba a George Brough lo hacía desde que tenía 12 años; cuando contemplaba a su padre William fabricarlas. George quería producir las mejores motos del mundo, pero no cualquiera. Las suyas tenían que ser joyas; hermosas,

elegantes, lujosas y también, deportivas de altas prestaciones.
No entraré en detalles técnicos, hay información profusa y detallada de ellos al alcance de todos. Solo decir que para conseguir fabricar esta maravillosa clásica inglesa que superaba, en 1924, las 100 mph: empleó los mejores componentes disponibles del momento y como en la aviación; duplicó los sistemas de encendido y lubricación. Ensambló el conjunto a mano sobre un formidable chasis de creación propia y con un gusto estético exquisito. Todas las unidades construidas eran probadas por George y, si no cumplían sus exigencias, se devolvían a fábrica.
Manufactura delicada, magníficos componentes y su precio, convirtieron su eslogan de presentación —el Rolls Royce de las motos— en un hecho irrefutable.

Esta clásica inglesa ha pasado a la historia como una de las motocicletas mejor fabricadas del mundo. Muy mal no debían de estarlo cuando, de las poco más de 3.000 unidades producidas hasta 1940 —año de cierre de la factoría— aún quedan unas 1.000 en perfecto uso, que llegan a adquirir precios de infarto en las actuales subastas.

Proyectos relacionados